En la actualidad, compañías como Facebook, Instagram o Twitter han conquistado el mercado mundial. Eso ha provocado que todo el mundo pueda crear contenido de forma masiva. Es ahí donde nos preguntamos qué papel tiene la profesión periodística.
Periodismo, según la RAE, es la (1. m.) actividad profesional que consiste en la obtención, tratamiento, interpretación y difusión de informaciones a través de cualquier medio escrito, oral, visual o gráfico. Dentro de esta definición, lo que siempre había hecho un periodista que no podría haber hecho otro ciudadano sería la función de obtención y difusión de la información, especialmente. Ahora, sin embargo, una persona puede compartir una información de forma masiva y otra obtenerla (y, normalmente, volverla a compartir) sin que ninguna de ellas ejerza la profesión periodística. Es por ello por lo que entra en juego la importancia de las funciones de tratamiento e interpretación en esta nueva etapa de globalización. El periodista ya no tiene que ser capaz de obtener el primero la información más novedosa, sino que debe trabajar con la ética.
El mundo ha cambiado. Nuestra forma de consumir información ha cambiado. Ahora queremos engullir la información de la forma más inmediata posible. Quizá por eso triunfan las aplicaciones como Twitter, porque permiten al usuario consumir información novedosa en escasos 280 caracteres. El problema es que también permiten que cualquiera pueda ser difusor masivo de cualquier información. En ese pequeño espacio entre la obtención y la difusión de información es donde entra en acción la labor periodística, ya que el estudio de esta profesión permite aprender la forma correcta de tratamiento de la información.
No solo escribir bien crea a un buen periodista, y más en la actualidad. Lo que va a proceder a describir a un buen periodista va a ser la capacidad de actuar como filtro de toda esa información que se produce dentro de lo que Manuel Castells llamó “sociedad red”. El profesional del periodismo va a tener que contrastar todavía más la información, confirmar las fuentes y, en definitiva, cerciorarse de que lo que está contando es lo más objetivo posible a fin de que no sea el ciudadano quien tenga que saltar de artículo en artículo buscando el justo medio entre tanta contaminación ideológica que empapa a los medios actuales.
En conclusión, la profesión periodística en su conjunto necesita redefinir su estructura y sus bases. Despedirse del “hay que conseguir la exclusiva los primeros” para dejar paso a la ética profesional y a la refutación de los valores básicos de búsqueda de objetividad, de honestidad y sobre todo de respeto para con el lector, oyente, telespectador o usuario. Hay que recordar bien como profesionales periodísticos que en un mundo últimamente consumido por la telebasura y la noticia fácil (normalmente falsa), seguimos prestando un servicio básico para que pueda existir una sociedad democrática. Al final, un gran poder conlleva una gran responsabilidad.



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